Había sido un día gris, de hecho había llovido. Pero no era el único motivo por lo estaba de bajón. En el curro no había tenido ni un momento para descansar y al llegar a casa tocaba cocinar y limpiar para que todo estuviese al gusto de él. ¡Qué remedio! Al fin y al cabo, era lo que tenía que hacer, lo que todo el mundo esperaba que hiciese.
Por suerte la niña había pasado
el día con su tía y no volvía hasta el día siguiente. No había prisa, para que
mentir, no le gustaba que ella estuviese en ciertos momentos.
La relación con su pareja era
bonita. Cierto era que con algunos altercados. Lo normal, vaya. ¿Qué pareja no
discute hoy en día?
Miró el reloj, era tarde. Mejor
que empezase a hacer la cena. En ese momento escuchó que la puerta se abría. Él
entró en el baño, se le notaba agotado. No se molestó en saludar y dijo: “¿Está
la cena hecha? Aunque tu deberías no cenar, ¿te has mirado al espejo?”. Ella
apartó la mirada y negó con la cabeza avergonzada. Él elevó la voz “Después de
todo el día trabajando, llego a casa y me encuentro con esto, vergüenza debería
darte”, la cogió fuertemente de un brazo y le levantó la cara hasta que sus
miradas se cruzaron “Mírame a la cara cuando te hablo puta”.
Esa noche ella se acostó en la
cama con los ojos rojos de llorar. Él ya le había pedido perdón un par de
veces. Intentó dormir mientras su cabeza iba y venía repasando los años de
relación que había vivido. “En realidad me quiere y tiene razón, después de
todo el día trabajando es normal que llegue cansado a casa”. Y con este último
pensamiento ella se durmió.
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